Por Qué el “Ambos Lados” es Cómplice del Genocidio en Gaza
Respuesta al artículo “El efecto underdog y el conflicto palestino-israelí” de Bryan Acuña Obando
Bryan Acuña Obando, inicio mi artículo así: no vas a condenar a israel por el genocidio?
Hay un tipo de texto que se presenta como análisis sofisticado, que acumula academicismos, que balancea con cuidado frases como “el sufrimiento palestino es real, pero las preocupaciones de seguridad israelíes también lo son”, y que al final logra un efecto preciso: no decir nada que incomode a nadie, mientras la gente muere. El artículo de Bryan Acuña Obando, publicado en El Mundo el 1 de junio de 2026, es un ejemplo de manual de ese género. Arrancar con un futbolista neozelandés viral para llegar a hablar del genocidio en Gaza es, en sí mismo, toda una declaración: voy a hablar de esto como si fuera un ejercicio intelectual de salón, no como lo que es, un crimen de Estado documentado por los organismos más importantes del mundo.
Seré directo: el artículo tiene estructura de máster, lenguaje de cátedra, y conclusiones de vocero. Y en este momento histórico, eso no es neutralidad. Es una postura. Una postura cómoda, académicamente barnizada, que en la práctica le sirve a quienes quieren que este genocidio continúe sin mayores consecuencias políticas.
Vamos por partes.

El truco de la “falsa simetría”: el ariete más viejo del manual
El núcleo del argumento de Bryan Acuña es lo que en análisis político y mediático se conoce como falsa simetría o false equivalency: presentar como si fueran equivalentes a dos actores que no lo son, en poder, en recursos, en impunidad legal y en cifras de muertos.
El autor lo hace con elegancia: reconoce la “vulnerabilidad estructural palestina”, pero inmediatamente la pone al mismo nivel que las “preocupaciones de seguridad israelíes”. Acepta que hay “errores estratégicos” israelíes, pero los equipara con los “rechazos a negociaciones” palestinos. Y remata con la frase que todo analista tipo “ambos lados” tiene tatuada en la frente: “las responsabilidades, aunque no siempre sean equivalentes, rara vez pertenecen exclusivamente a una sola parte”.
Esta estructura es un truco retórico porque su objetivo no es entender la realidad, sino neutralizarla. Cuando una de las partes tiene un ejército con tecnología de última generación, financiado con 3.800 millones de dólares anuales en ayuda militar de los Estados Unidos, con control total sobre tierra, mar y aire del territorio que ocupa, con acceso a armamento que incluye bombas de 2.000 libras lanzadas sobre zonas densamente pobladas, y la otra parte es una población de 2,2 millones de personas encerrada en el territorio más densamente poblado del planeta sin posibilidad de salida, hablar de “responsabilidades compartidas” sin precisar que esa distribución es radicalmente asimétrica no es análisis; es maquillaje.
El 7 de octubre como borrón conveniente: lo que el artículo omite
Acuña Obando usa el ataque del 7 de octubre de 2023 como su principal argumento: afirma que “la debilidad estructural no cambia la naturaleza de los hechos” de ese día. Tiene razón en lo que dice. Tiene un problema enorme en lo que omite.
Omite que el 7 de octubre no ocurrió en el vacío. Ocurrió al final de 75 años de ocupación, desplazamiento y despojo. Ocurrió después de 16 años de bloqueo total de Gaza, descrito por la propia ONU como un sistema de castigo colectivo que viola el derecho internacional. Ocurrió después de que Israel había matado a más de 6.400 palestinos solo en los cinco años anteriores, según datos de OCHA. Mencionar el 7 de octubre sin ese contexto no es análisis; es vulgar propaganda judía.
Omite también, y esto es lo más grave, lo que vino después. Porque si el criterio para evaluar un actor en este conflicto es lo que hace a los civiles, entonces la respuesta israelí post-7 de octubre debería ocupar el centro absoluto del artículo. Y no está. El artículo de Acuña Obando dedica un párrafo al 7 de octubre y exactamente ninguno a lo que siguió: más de 67.000 palestinos muertos al 3 de octubre de 2025, según datos del Ministerio de Salud de Gaza. Un 30,8% de los muertos, menores de 18 años, según Reuters. Un estudio del Lancet Global Health que encontró más de 75.000 muertos en solo los primeros 16 meses, con 56% de las muertes violentas siendo mujeres, niños y ancianos.
¿Y cuántos de esos muertos son combatientes? Según una base de datos clasificada del propio ejército israelí, filtrada al The Guardian, a la revista +972 y a Local Call: el 83% de los muertos en Gaza son civiles. Solo el 17% son combatientes identificados. Ese dato no viene de Hamas ni de Al Jazeera: viene de la inteligencia militar israelí. Si el criterio del autor es evaluar responsabilidades “sobre hechos concretos, decisiones específicas y consecuencias verificables”, como él mismo escribe, entonces esos números deberían dominar cualquier análisis serio. Su ausencia en el artículo no es un olvido. Es una decisión editorial.
La ONU ya dio su veredicto: no es “complejo”, es genocidio
Acuña Obando construye su argumento sobre la idea de que el conflicto es “complejo” y que no puede explicarse con categorías de “víctimas y culpables absolutos”. Es una frase que suena razonable hasta que uno se pregunta: ¿complejo según quién?
Porque la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, en septiembre de 2025, no habló de “complejidad”. Concluyó formalmente que Israel ha cometido genocidio contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza, encontrando cuatro de los cinco actos tipificados en el Artículo 2 de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, además de intención genocida demostrada en actos y declaraciones de funcionarios israelíes.
La Corte Internacional de Justicia (CIJ), el tribunal internacional más alto del mundo, desde enero de 2024 ha emitido múltiples órdenes provisionales vinculantes ordenando a Israel detener actos que puedan constituir genocidio, garantizar ayuda humanitaria y preservar evidencia de crímenes. Israel no ha cumplido ninguna de esas órdenes. En mayo de 2024, la CIJ tuvo que reiterar sus medidas y ordenar específicamente el cese de la ofensiva en Rafah.
Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Médicos Sin Fronteras, organizaciones israelíes como B’Tselem y Physicians for Human Rights-Israel, expertos especiales de la ONU: todos han llegado a la misma conclusión con metodologías rigurosas e independientes. Cuando el consenso de los organismos internacionales más rigurosos del planeta dice “genocidio”, presentar el asunto como “complejidad” que no admite “víctimas y culpables absolutos” no es sofisticación intelectual. Es negación.
La Nakba no fue hace un siglo: el conflicto no “empezó” en 1948
Una de las maniobras más comunes del análisis pro-establishment sobre este conflicto es ubicar su origen en 1948, como si antes de esa fecha hubiera un territorio vacío o una disputa simétrica entre dos movimientos equivalentes. Acuña Obando hace exactamente eso cuando habla de la “independencia del Estado de Israel en 1948 vista como respuesta a una tragedia histórica sin precedentes”.
Lo que ocurrió en 1948 tiene nombre propio: la Nakba, la catástrofe. Más de 750.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares mediante un plan sistemático de limpieza étnica ejecutado por milicias sionistas, documentado en archivos israelíes abiertos desde los años 80 y confirmado por historiadores israelíes como Ilan Pappé y Benny Morris. Más de 500 aldeas palestinas fueron destruidas. Esta no es la narrativa de Hamas. Es la conclusión de historiadores que consultaron los propios archivos militares israelíes.
Desde entonces, la ocupación no se detuvo. Se expandió. Hoy, en 2026, más de 37.000 palestinos fueron desplazados por la fuerza del West Bank solo en 2025, entre incursiones militares israelíes y ataques de colonos, según OCHA. Los ataques de colonos en el West Bank superan los 3.000 registrados desde octubre de 2023, con el propio New York Times documentando que 2025 va camino a ser el año más violento desde que la ONU comenzó a registrar estos datos. Esto pasa en silencio mientras el mundo debate el 7 de octubre.
“Rechazos a negociaciones”: el mito que el artículo reproduce sin cuestionar
Acuña Obando incluye entre los factores que explican la situación palestina los “rechazos a propuestas de negociación”. Este es uno de los argumentos más repetidos y más cuestionados del análisis convencional sobre este conflicto.
¿Qué propuestas rechazaron los palestinos? ¿Camp David 2000, donde Israel propuso un Estado palestino sin soberanía real, sin control sobre sus fronteras, sin Jerusalén Este como capital y dividido por carreteras israelíes que cortarían su continuidad territorial? El propio asesor de Clinton, Robert Malley, dijo públicamente después de la cumbre que la narrativa de “Israel ofreció todo y Palestina rechazó” era una distorsión deliberada. ¿O los Acuerdos de Oslo, que dejaron la construcción de colonias intacta y resultaron en que la población de colonos en el West Bank se duplicara durante el “proceso de paz”?
La pregunta relevante no es “¿por qué los palestinos rechazan?”; es “¿qué se les ofrece?”. Y la respuesta documentada es: un Estado sin soberanía, sin control de sus recursos, con un ejército extranjero con derecho a entrar cuando quiera, y con colonias ilegales continuando su expansión mientras se firman papeles. Presentar eso como “propuestas rechazadas” equiparables al rechazo de un contrato laboral justo es una deformación que el artículo reproduce sin el menor escrutinio.
La “complejidad” como escudo para la impunidad
El artículo termina con una llamada a “reconocer la complejidad de la historia”. Es el cierre perfecto para un argumento que en ningún momento ha sido realmente complejo: ha sido uniformemente equidistante, uniformemente tibio, uniformemente construido para que nadie pueda acusar a su autor de parcialidad, y exactamente por esa razón, perfectamente funcional como herramienta de dilución del problema real.
Porque cuando un tribunal internacional de la ONU dice “genocidio”, cuando los datos de la inteligencia militar israelí dicen “83% civiles”, cuando el Lancet dice “más de 75.000 muertos”, cuando OCHA documenta miles de ataques de colonos contra civiles palestinos en el West Bank, hablar de “complejidad que no admite víctimas absolutas” no es rigor académico. Es una postura. Una postura que le conviene exactamente a quienes quieren que este genocidio continúe sin que se actúe.
El análisis de Bryan Acuña Obando no es malo porque sea pro-israelí. Es malo porque es falso en su pretensión de neutralidad. La neutralidad frente al genocidio tiene un nombre: complicidad pasiva. Y barnizarla con referencias al “efecto underdog” y citas de derecho internacional selectivas no la hace más honesta. La hace más peligrosa, porque le da respetabilidad académica a la inacción.
Hay momentos en la historia donde ser “equilibrado” es una forma de elegir el lado del crimen. Este es uno de esos momentos.
Roger Acuña | Acuña’s Angle — Blog de Opinión Política y Análisis Internacional. Todos los datos citados provienen de organismos de Naciones Unidas, The Guardian, Lancet Global Health, ICJ, Amnesty International y Human Rights Watch.