La Trinidad de la Corrupción del PLN, La Nación y Saprissa
Si Costa Rica tuviera una etiqueta de advertencia en la botella de su democracia, habría tres nombres impresos en los stickers de precaución: Partido Liberación Nacional, La Nación y Deportivo Saprissa. No porque sean los únicos actores cuestionables, sino porque juntos forman un triángulo de poder que atraviesa política, medios y fútbol. Un triunvirato antietico que no siempre necesita violar la ley para deformar la realidad: le basta con moldearla a su medida.
La idea de “corrupción” en Costa Rica se ha reducido tanto a coimas y maletines que olvidamos la otra capa: la corrupción estructural, esa que no siempre termina en condenas penales, pero que contamina instituciones, captura el debate público y normaliza el abuso como si fuera parte del paisaje.
PLN: la fábrica de escándalos reciclables
Hablar del PLN y decir “corrupción” no es una ocurrencia de café; es revisar cualquier resumen serio de los últimos 30 años. Casos como Caja-Fischel, Alcatel, las concesiones amañadas, contratos públicos cuestionados y redes de favores han tenido como protagonistas a figuras que orbitan alrededor de Liberación. Algunos terminaron en condenas, otros en prescripciones, otros en absoluciones técnicas; todos dejaron el mismo olor.
El patrón es siempre similar:
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un proyecto “emblemático” del modelo liberacionista,
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empresas privadas favorecidas,
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instituciones públicas usadas como caja chica o peón político,
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y una larga cola de investigaciones, comisiones y mea culpas vacíos.
Lo más antietico no es solo el delito puntual, sino la capacidad de reciclarse. El PLN ha dominado el arte de pedir perdón sin cambiar nada: se reinventa con nuevas caras, pero las prácticas de clientelismo, las alianzas con grupos empresariales y la lógica de “todo se negocia” permanecen intactas. Cuando un partido vive décadas en el poder mezclando Estado, negocios y campañas, hablar de “corrupción estructural” no es exageración; es descripción.
La Nación: árbitro autoproclamado jugando para un lado
En ese escenario entra La Nación, no como observador neutral, sino como parte del sistema nervioso central del modelo. De día se presenta como paladín anticorrupción; de noche, sus estados financieros cuentan otra historia.
El caso de las rotativas es un ejemplo concreto:
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Grupo Nación vendió sus máquinas impresoras a una empresa en Belice y se las alquiló de vuelta;
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Hacienda y la Fiscalía vieron ahí una maniobra para reducir la carga tributaria y acusaron a la empresa por inducir a error a la administración tributaria;
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en 2014, La Nación S.A. y el Estado llegaron a un acuerdo: pago de tributos, intereses y multas por más de ¢2.000 millones para cerrar el pleito.
La empresa insiste en que no hubo evasión, que fue un “diferendo comercial”. Pero la foto objetiva es la de un medio que se sienta con Hacienda a conciliar después de que le señalan un esquema fiscal agresivo. Difícil posar de conciencia moral del país con ese expediente.
Más allá del tema tributario, el problema de fondo es su alineamiento histórico con la élite económico-política ligada al PLN.
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Qué temas entran en portada,
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a quién se le dan páginas completas para “explicar” el modelo,
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qué escándalos se cubren con lupa y cuáles se minimizan,
todo eso configura un tipo de corrupción menos visible: la de la esfera pública capturada.
Cuando un diario funge a la vez como perro guardián, juez y vocero de la misma clase que se beneficia del status quo, el resultado es un país donde la discusión pública se mueve dentro de fronteras muy cómodas para los mismos actores de siempre. No hace falta que un juez diga “corrupto” para que el efecto final sea el mismo: la ciudadanía recibe información filtrada, enmarcada y dosificada a través de una lente que nunca se declara abiertamente partidaria, pero actúa como tal.
Saprissa: el laboratorio de la ética selectiva
El tercer vértice del triángulo viste de morado. En un país donde el fútbol funciona casi como religión civil, Deportivo Saprissa no es solo un club; es una máquina de símbolos. Y cuando una máquina de símbolos adopta prácticas antieticas, el daño va mucho más allá de los 90 minutos.
Saprissa acumula años de finales polémicas, arbitrajes comprados y favores reales. No hay tabla oficial de “ayudas”, pero sí datos y percepciones consistentes:
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Según estadísticas recientes, en varios torneos cortos Saprissa registra más errores arbitrales a favor que en contra, mientras clubes como Cartaginés encabezaron la lista de perjudicados.
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Medios y comentaristas han dicho abiertamente que, si se suman títulos manchados por polémicas, hay un equipo que destaca como más favorecido que los demás: el morado.
El club, por su parte, se ha especializado en una ética a la carta:
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cuando siente que el arbitraje lo perjudica, emite comunicados exigiendo suspensión de árbitros y revisión de VAR;
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cuando los cobros dudosos lo favorecen, el discurso gira a “cosas del fútbol”.
A eso se suma una cultura de disciplina selectiva:
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jugadores formados en su “cantera modelo” que terminan saliendo por indisciplina de selecciones y clubes extranjeros;
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decisiones dirigenciales que sus propios aficionados califican como “antiéticas con la afición”, aunque no sean formalmente ilegales.
En términos de ejemplo público, el mensaje es claro: mientras ganes y vendas camisetas, los límites se negocian.

Cómo funciona el triángulo: legitimar, repartir, entretener
Juntos, PLN, La Nación y Saprissa forman lo que podríamos llamar la trinidad del mal ejemplo en Costa Rica:
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El PLN opera la maquinaria política y administrativa: reparte puestos, diseña leyes a la medida, negocia con lobbies y sostiene redes de favores que rara vez terminan en cárcel pero sí en contratos, concesiones y presupuestos dirigidos.
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La Nación legitima: enmarca las políticas como “responsables”, defiende ajustes que golpean siempre a los mismos, y se presenta como voz racional frente a cualquier intento de romper con el modelo.
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Saprissa entretiene y normaliza: pone en la cancha un espectáculo donde los atajos, las presiones al arbitraje y las indisciplinas se ven como “parte del folklore”, y donde ganar justifica prácticamente cualquier cosa.
En conjunto, producen un país donde:
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la corrupción estructural se percibe como “mala suerte” o “casos aislados”,
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la prensa “seria” define qué es grave y qué es excusable,
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y el fútbol sirve de cortina de humo emocional, canalizando frustraciones hacia el clásico del domingo mientras las decisiones de fondo se toman en otro lado.
Antiética sin cárcel: por qué siguen zafando
Una pregunta obvia es: si el triunvirato es tan antietico, ¿por qué sigue ahí, tan campante? La respuesta está en cómo está diseñada la relación entre ética y derecho en Costa Rica.
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Muchos actos que deforman la vida pública —puertas giratorias, contratos a la medida, persecución selectiva de adversarios, presión sobre árbitros o reguladores— no están tipificados como delitos claros.
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Cuando se judicializan, los procesos son largos, técnicos y facilitan salidas como prescripción, conciliaciones o acuerdos de pago, como en el caso de las rotativas.
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El costo real se paga en confianza pública: encuestas muestran un aumento sostenido en la percepción de corrupción, incluso cuando los casos no terminan en condena.
Es decir: zafan penalmente porque el sistema fue diseñado, en buena medida, por los mismos actores que se benefician de sus huecos. Pero eso no borra el carácter antietico de muchas de sus prácticas, ni el impacto que tienen en el tejido social.
Por qué importa nombrar el triunvirato antietico
Algunos dirán que todo esto es exageración, que en todos los países hay partidos cuestionados, medios alineados y clubes polémicos. La diferencia es que en un país pequeño como Costa Rica, donde la concentración de poder es alta, este triángulo específico tiene un peso desproporcionado:
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Define qué se considera “normal” en política, negocio y deporte.
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Marca los límites de lo decible en la conversación pública.
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Exporta una cultura de atajos, privilegios y favores que termina filtrándose hasta la oficina más pequeña y la municipalidad más remota.
Nombrarlo como triunvirato antietico no es solo un recurso literario; es una forma de romper la ilusión de que política, medios y fútbol son esferas separadas. No lo son. Se alimentan entre sí y se protegen mutuamente.
Conclusión: romper el triángulo, no solo quejarse
Mientras el país se entretiene discutiendo si tal penal fue bien pitado o si tal encuesta fue objetiva, el triángulo sigue girando:
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el PLN se presenta de nuevo como “garante de estabilidad”,
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La Nación como “voz responsable”,
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Saprissa como “orgullo nacional”.
El problema no se resuelve cambiando un técnico, un candidato o un director de redacción. Se resuelve —si es que se quiere resolver— desmontando la cultura que permite que estas tres piezas sigan funcionando como trinidad del mal ejemplo: un partido que normalizó la corrupción estructural, un diario que la relativiza y un club que la convierte en espectáculo de domingo.
Mientras eso no ocurra, la etiqueta en la botella democrática sigue siendo la misma:
Triunvirato antietico. Consumir bajo su responsabilidad.