La Nación Llora sus Visas Mientras el País le Aplaude al Mejor Gobierno de su Historia
Si la redacción de La Nación tuviera un himno oficial, sería una llorona de mariachi. Lenta. Dramática. Interminable.
El 2 de mayo de 2026, el Departamento de Estado de los Estados Unidos revocó las visas a cinco de siete miembros de la junta directiva del periódico costarricense más decadente, el mismo que durante décadas se creyó intocable, árbitro de la realidad nacional y guardián moral de una democracia que, curiosamente, jamás tuvo problema cuando los gobiernos anteriores la fueron desmantelando a cuentagotas.
La respuesta del diario fue lo más cerca que un periódico puede estar de un berrinche publicado en portada.
“Inédito”, dijeron. “Sin precedentes en nuestra historia.” “Ninguno de nuestros miembros ha recibido explicación oficial.” Tres frases que, juntas, revelan el núcleo del problema: La Nación lleva décadas acostumbrada a que nadie le cobre la cuenta. Que Washington les cerrara la puerta de manera tan expedita y tan silenciosa resultó, para ellos, un shock existencial de primera magnitud. Unb golpazo de realidad inesperado por ellos, pero muy bien merecido.
El Cinismo del “Periódico Independiente”
Para los efectos del lamento público, La Nación se presenta como un “periódico generalista e independiente.” Una descripción que provoca la misma sensación que ver a un señor en Ferrari quejarse de que no tiene para el bus.
Independiente de quién, exactamente. ¿De los grupos empresariales que controlan su accionariado? ¿De los partidos políticos cuya agenda editorial ha acompañado fielmente durante décadas? ¿De las élites económicas que, convenientemente, nunca aparecen en sus portadas de investigación con la misma frecuencia ni el mismo volumen que las investigaciones contra el gobierno de Chaves?
La Associated Press documentó lo que todos en Costa Rica saben pero pocos dicen en voz alta: La Nación ha sido el principal obstáculo mediático de un gobierno que se atrevió a nombrar en público a los mismos actores de poder que ese diario protege con su silencio selectivo. Eso no es independencia periodística. Es política con logo de periódico.

El 77% que Decidieron No Ver
El mismo fin de semana en que La Nación llenaba sus páginas con el drama de las visas revocadas, la encuestadora OPOL Consultores publicó un dato que el diario eligió no destacar con la misma energía: el presidente Rodrigo Chaves cierra su mandato con un 77% de aprobación ciudadana.
Setenta y siete por ciento. Sí. En un país donde los presidentes suelen terminar sus gobiernos con números entre el 20% y el 40%, ese resultado es históricamente extraordinario. Es el tipo de cifra que en cualquier democracia occidental sería el titular dominante de toda la semana.
En La Nación, ocupó menos espacio que las declaraciones de un diputado opositor buscando cámara.
Para contextualizar la magnitud: Laura Chinchilla, la presidenta que ese mismo diario defendió y arropó durante años, terminó con un 11% de aprobación. La diferencia entre ambos números no es política. Es matemática. Y la matemática, a diferencia de La Nación, no tiene línea editorial.
El Informe Final: Hechos vs. Titulares Fantasiosos
El 3 de mayo de 2026, el presidente Chaves presentó ante la Asamblea Legislativa su último informe de labores, con la frente en alto y los números sobre la mesa.
El informe reporta una Costa Rica que reduce la pobreza al 15.5%, la pobreza extrema en territorios indígenas a un solo dígito por primera vez en la historia del registro estadístico moderno, 104 kilómetros de carreteras ampliadas a cuatro carriles, más de 1,030 viviendas entregadas a comunidades históricamente olvidadas, y una economía que creció al 5% anual sostenido, con desempleo bajando de 13% a cerca del 7%.
La respuesta de La Nación y de CRHoy fue previsible: titulares que cuestionan la veracidad de las cifras, que hablan de datos “inflados”, de “información incompleta”, de “logros sin contexto.” El mismo ritual de los últimos cuatro años: frente a cualquier avance documentado del gobierno, buscar el ángulo del escepticismo, el “pero”, el asterisco… el ridículo.
Lo que no pueden hacer es cambiar los datos del Estado de la Nación, del BCCR, del INEC ni de la OCDE, que todos apuntan en la misma dirección. Un país que salió de cuatro años de gobierno en mejor condición macroeconómica, social y fiscal que como entró. Eso no lo producen los titulares. Lo producen cuatro años de trabajo.
Canal 7 Aprendió la Lección. Los Otros, Todavía No.
Hay algo irónico y hasta esperanzador en lo que está ocurriendo con el ecosistema mediático costarricense.
Teletica, Canal 7, tomó una decisión que muchos no esperaban (y otros muchos como yo, sí y desde hace años): en febrero de 2026, después de 28 años, Ignacio Santos fue despedido de Telenoticias. Una salida que llegó acompañada de la misma elegancia diplomática con que suelen cubrirse los cambios institucionales en televisión, pero cuyo efecto es legible para cualquier observador con atención: el rostro más identificado con el periodismo de ataque sistemático, con el tono adversarial que ya había cruzado varias veces la frontera entre el análisis político y la campaña editorial disfrazada de noticia, simplemente ya no está más en la silla principal. Salió por la puerta de atrás el viejo liberacionista disfrazado de periodista.
La vida, con su habitual sentido del humor, colocó a Ítalo Marenco, un actor y presentador de entretenimiento, en el programa matutino del mismo canal que antes dominaban las cejas fruncidas del periodismo de combate. Que ahora sea un animador de Curridabat quien madrugue en Buen Día junto a Dobles (donde se les ve que tienen mucha química y el cariño entre ambos no se esconde ni avergüenza) mientras “Nachito” ve en la casa temporadas viejas grabadas de ¿Quién Quiere Ser Millonario? dice mucho sobre lo irónico del destino, las vueltas del Karma.
Repretel tomó un camino similar y más temprano. El Grupo Repretel llegó a las elecciones de 2026 con una propuesta de ocho debates multiplataforma, provinciales y nacionales, un ejercicio de servicio público real, que no tenía nada que ver con el periodismo prepago que caracterizó a los mismos medios en ciclos electorales anteriores. La República también ha ido encontrando un tono más funcional, más orientado a la información útil que a la trinchera permanente.
CRHoy y La Nación, en cambio, siguen en lo suyo. No es que no tengan capacidad de hacer buen periodismo. Tienen recursos, talento y estructura. Lo que no tienen es voluntad de abandonar el modelo que les ha funcionado como herramienta de influencia política por décadas. Y eso, en el mediano plazo, es un problema de sostenibilidad, no solo de credibilidad. Básicamente ya nadie les cree.

Lo que el País ya Aprendió a Leer
Costa Rica tiene una ciudadanía más educada mediáticamente que la que tenía hace diez años. El 77% de aprobación de Chaves no se construyó en el vacío: se construyó en parte porque la gente aprendió a comparar el país que veía por televisión con el país que experimentaba en su vida diaria.
Cuando La Nación dice que el país va de culo y el costarricense promedio tiene trabajo, ve la carretera que le arreglaron, paga menos por su canasta básica, sale a la calle con seguridad y manda a sus hijos a una escuela con internet, la brecha entre el titular y la realidad se vuelve imposible de ignorar.
Ese es el verdadero problema de La Nación. No es que el Presidente los destruyera con un tsunami de datos, verdades y éxitos; es que ellos pasaron cuatro años borrándolo de la realidad, dándole cobertura solo cuando podían vestirlo de escándalo o desastre – tristemente fallaron. Construyeron un país en ruinas que nunca existió y la gente les respondió con más de 40% en las urnas por la continuidad y un 77% de respaldo contundente y esta vez sí inédito, al Gobierno saliente. Las visas son apenas la bofetada diplomática, no fue inédita, más bien fue tardía para el pasquín digital de Tibás. La condena de fondo es que Costa Rica ya no compra su odio empaquetado como noticia. Y cuando un periódico pierde al país, ningún pasaporte ni titular histérico lo devuelve al mapa.
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