La Guerra de Trump contra Irán Está Hundiendo al Imperio Estadounidense

La Guerra de Trump contra Irán Está Hundiendo al Imperio Estadounidense

La guerra contra Irán no demuestra la fuerza de Estados Unidos. Demuestra su deterioro. La fantasía de Donald Trump —que una ofensiva rápida, una demostración de poder aéreo y el asesinato de dirigentes iraníes producirían una victoria instantánea— se estrella contra una realidad que Washington se niega a aceptar: los imperios no siempre caen cuando un enemigo los derrota militarmente. A veces se desmoronan porque su codicia, sus mentiras y su arrogancia los dejan sin capacidad de entender el mundo.

Seis meses después del inicio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el relato triunfalista se ha roto. Los arsenales estadounidenses se reducen; el costo de la energía y los alimentos golpea a la población; las alianzas del Golfo se fracturan; y los fabricantes de armas, como siempre, encuentran razones para brindar. El ciudadano común paga la cuenta. Los contratistas militares cobran la ganancia. Es el modelo de negocio más obsceno del capitalismo tardío: convertir cadáveres, misiles y ciudades destruidas en rendimiento para accionistas.

Una vez mas los payasos de la mossad perdieron
Una vez mas los payasos de la mossad perdieron

Una guerra diseñada desde la ignorancia

El problema no empezó con una mala operación militar. Empezó con una mala lectura del país al que se decidió atacar. Irán no es una caricatura propagandística, ni un tablero vacío donde Washington puede mover fichas con impunidad. Es un país con una población educada, una historia milenaria, una cultura política propia y décadas de preparación frente a una agresión estadounidense.

Chris Hedges conoce Irán y no idealiza a su gobierno. Ha dicho públicamente que fue encarcelado y deportado por el régimen iraní. Precisamente por eso su advertencia pesa: criticar a Teherán no exige repetir la propaganda de Washington ni justificar una guerra de agresión. Hedges sostiene que Estados Unidos calculó mal la respuesta iraní y no entendió las dinámicas internas del país.

Trump y sus halcones apostaron por la vieja ilusión imperial: decapitar la dirigencia, bombardear infraestructura, intimidar a la población y esperar que el enemigo colapse. Es la misma receta que fracasó en Vietnam, Irak, Afganistán y Libia. Pero en Washington la memoria histórica parece ser un lujo que no cabe en una sala de juntas de Raytheon, Lockheed Martin o cualquier empresa que vea un conflicto como una presentación trimestral para inversionistas.

Irán, en cambio, ha respondido mediante guerra asimétrica. No necesita competir misil por misil ni avión por avión con Estados Unidos. Necesita identificar puntos vulnerables, atacar infraestructura estratégica, ejercer presión en el estrecho de Ormuz y obligar a un adversario mucho más grande a gastar recursos que no puede reemplazar rápidamente. No es heroísmo romántico. Es estrategia frente a un poder superior.

El imperio se queda sin municiones

Estados Unidos tiene el mayor presupuesto militar del mundo, pero eso no significa que su capacidad sea infinita. Sistemas como Patriot, THAAD e interceptores avanzados requieren una producción industrial lenta, cara y compleja. No se fabrican por arte de magia la semana siguiente, aunque a los voceros del Pentágono les guste vender esa impresión.

La guerra está exponiendo una contradicción elemental: Estados Unidos puede gastar cantidades obscenas de dinero en armas, pero no necesariamente puede reponerlas al ritmo de una guerra prolongada contra un Estado preparado. Cuando se agotan los inventarios, queda expuesta la diferencia entre tener un presupuesto enorme y tener una base industrial capaz de sostener el conflicto.

Irán controla, o al menos puede amenazar seriamente, el paso por el estrecho de Ormuz, una arteria crítica para el petróleo mundial. Esa realidad convierte una guerra regional en una crisis global. El precio no lo paga el estratega sentado en Washington ni el ministro israelí que posa frente a cámaras. Lo paga la familia que ve aumentar el precio de los alimentos, el transporte y la energía. Pero esa familia rara vez aparece en los discursos sobre “seguridad nacional”.

La seguridad nacional, en el lenguaje imperial, suele significar una cosa muy simple: seguridad para las corporaciones, seguridad para los mercados y seguridad para las élites. Para el resto, significa inflación, austeridad y funerales.

Israel y Estados Unidos fabricaron lo contrario de su objetivo
Israel y Estados Unidos fabricaron lo contrario de su objetivo

Israel y Estados Unidos fabricaron lo contrario de su objetivo

Washington y Tel Aviv querían debilitar a Irán. El resultado puede ser exactamente el contrario. La guerra ha acelerado la pérdida de influencia estadounidense en Oriente Medio, ha complicado las relaciones con aliados del Golfo y ha dejado a Irán con mayor peso regional que antes.

No hay nada sorprendente en eso. Cuando una potencia externa bombardea, amenaza y desprecia la soberanía de los pueblos, no produce obediencia automática. Produce resistencia, radicalización y nuevos alineamientos. Lo llamarán “inestabilidad iraní”, “amenaza regional” o cualquier otra fórmula diseñada para ocultar el orden de los hechos. Pero el patrón es claro: las intervenciones de Estados Unidos incendian regiones y luego Estados Unidos utiliza el incendio como excusa para justificar otra intervención.

Israel tampoco puede desligarse de este desastre. Su alianza con Washington funciona como una máquina de guerra que normaliza la violencia regional mientras invoca una seguridad que nunca llega. Gaza es la prueba más brutal de esa lógica: masacre, destrucción de infraestructura civil, desplazamiento y propaganda de guerra presentados como defensa. Irán es otra extensión de la misma política: el supuesto derecho ilimitado de un bloque militar a castigar, bombardear y rediseñar países enteros según sus intereses.

La guerra es un negocio, no una política

Hedges lo expresa sin adornos: la guerra es un buen negocio. Esa es la parte que suele quedar enterrada debajo de la retórica sobre democracia, libertad y orden internacional. Mientras los gobiernos hablan de principios, los contratistas de defensa reciben contratos. Mientras los presentadores hablan de amenazas, las acciones de empresas militares suben. Mientras las familias pierden hijos, las élites compran otra casa.

No se trata de una conspiración secreta. Es la estructura abierta del complejo militar-industrial. Las guerras sostienen presupuestos, contratos, campañas políticas, consultorías, redes de influencia y carreras burocráticas. El conflicto permanente no es una anomalía del sistema: se ha convertido en uno de sus mecanismos de supervivencia.

Por eso las soluciones diplomáticas siempre parecen “prematuras”, “ingenuas” o “peligrosas”, mientras la escalada militar se presenta como inevitable. La paz no genera facturas por miles de millones. La diplomacia no necesita consumir arsenales. Un acuerdo no incrementa el valor bursátil de una corporación de armamento. La guerra, en cambio, es una máquina de transferir riqueza pública a manos privadas.

La democracia estadounidense ya no controla su guerra

La tragedia no ocurre solo en Oriente Medio. Ocurre también dentro de Estados Unidos. Una democracia funcional debería debatir guerras, exigir rendición de cuentas, limitar al Ejecutivo y castigar a quienes mienten para iniciar conflictos. Pero el sistema político estadounidense parece cada vez más capturado por intereses corporativos y oligárquicos.

Los demócratas critican a Trump, pero demasiadas veces mantienen la misma arquitectura militar, el mismo servilismo hacia la industria de defensa y la misma incapacidad para imponer límites reales a Israel. Cambian el tono, no el motor. Se indignan frente a la cámara y después aprueban presupuestos que financian las mismas guerras.

La prensa corporativa tampoco cumple el papel que debería. En vez de vigilar al poder, muchas cadenas se convierten en cámaras de eco para facciones políticas específicas. Hedges advierte que ese aislamiento mediático destruye la realidad compartida que una sociedad necesita para discutir hechos, responsabilidades y alternativas.

No es suficiente decir que cada medio tiene “su audiencia”. Cuando el periodismo se convierte en producto de nicho, el poder gana. Las personas discuten entre sí mientras las corporaciones armamentistas siguen cobrando. El escándalo de la semana reemplaza la investigación de fondo. El grito reemplaza el contexto. Y la maquinaria de guerra avanza sin freno.

La Guerra de Trump contra Irán Está Hundiendo al Imperio Estadounidense
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La única amenaza real para los poderosos

Cuando las instituciones no funcionan, cuando el Congreso se somete, cuando los tribunales miran hacia otro lado y cuando los medios normalizan la barbarie, queda una pregunta incómoda: ¿qué puede detener a quienes mandan?

Hedges responde con acción directa organizada. No se refiere a violencia indiscriminada ni a fantasías de revolución de película. Habla de trabajadores que se niegan a mover armas, comunidades que bloquean la infraestructura de guerra, movimientos que obligan a las élites a enfrentar costos políticos y económicos por sus decisiones.

La historia demuestra que el poder rara vez se corrige por buena voluntad. Se corrige cuando la gente organizada hace que seguir haciendo daño resulte demasiado caro. Eso puede tomar la forma de huelgas, boicots, protestas, campañas de desinversión y resistencia laboral. Puede tomar la forma de trabajadores portuarios que rechazan cargar armas destinadas a destruir civiles. Puede tomar la forma de ciudadanos que se niegan a aceptar que un genocidio o una guerra imperial se presenten como una política normal.

La guerra de Trump contra Irán no está fortaleciendo al imperio estadounidense. Está revelando cuánto se ha vaciado por dentro. Un país que necesita destruir para sentirse poderoso ya no es poderoso. Es dependiente de la destrucción. Un país que no puede distinguir entre interés corporativo y seguridad nacional ya no es una democracia plena. Es una empresa armada con bandera.

Y un imperio que confunde obediencia con estabilidad termina descubriendo, demasiado tarde, que los pueblos no permanecen obedientes para siempre.

 

Crédito editorial

Basado en la entrevista y análisis “Chris Hedges: Trump’s War on Iran Is Bringing Down the American Empire”, publicada por Joshua Scheer en ScheerPost el 16 de agosto de 2026.
Esta versión en español es un comentario editorial original de Roger Acuna; no es una traducción oficial.
Lee el artículo original en ScheerPost.scheerpost