En la previa, Gaetano Pandolfo se sentó a escribir como si la final ya estuviera jugada y el libreto cerrado.
Murallas humanas, tripletas defensivas, “Tepas” determinantes y un Giacone elevado al altar táctico mientras Medford quedaba reducido al pobre tipo que “se lo tragó” un cambio. En ese mundo paralelo, el partido era apenas un trámite para confirmar lo que el moradillo de La República ya había decidido de antemano: que su Monstruo tenía la serie en el bolsillo y que el Herediano era una anécdota defensiva con suerte.

El muro de Gaetano y como se la empujaron 2 veces
La realidad fue menos poética para su narrativa y bastante más dura para su ego.
El marcador que cuenta, el que queda en la historia y no en la fantasía de la previa, dice: Herediano 2–0 Saprissa, y la estrella 32 para la vitrina florense.
Todo lo demás son excusas, repeticiones de alineaciones y párrafos nostálgicos sobre un “muro humano” que terminó siendo papel tapiz frente a un equipo que sí supo jugar una final.
Gaetanito se equivocó una y otra vez. Se equivocó cuando vendió el 2–1 de la ida como una especie de ventaja moral morada. Se equivocó cuando vistió de armadura un planteamiento que, en cuanto subió el nivel de exigencia, mostró grietas por todos lados. Se equivocó cuando presentó el ingreso de Luis Ronaldo y otros ajustes como si fueran un juego de ajedrez en el que solo su técnico veía tres jugadas más.
Y, sobre todo, se equivocó al leer la serie de forma emocional, escribiendo como hincha dolido disfrazado de analista, en lugar de ver lo que estaba pasando en la cancha.
Lo más revelador no es que se haya equivocado —eso le pasa a cualquiera—, sino lo que vino después: nada. No hay rectificación, no hay autocrítica, no hay un “me equivoqué, Herediano fue mejor y mereció la 32”.
Solo silencio selectivo, mirar para otro lado y seguir vendiendo términos rimbombantes para explicar por qué su versión del mundo no cuadra con el marcador del tablero. El florense levanta la copa; el moradillo sigue respirando por la herida.
Mientras el Team corre, presiona, ajusta y termina firmando un 2–0 limpio en la final, en la columna queda atrapada una narrativa que ya no se sostiene. El “muro humano” que Gaetano tanto alabó fue derribado por un rival que no compró el cuento de la inevitabilidad morada. Herediano no solo metió los dos goles que necesitaba; también desarmó, pieza por pieza, el relato de superioridad que se tejió desde los micrófonos y los teclados color vino.
En un periodismo deportivo mínimamente serio, después de una final así, se escribe algo sencillo:
“Herediano fue mejor. Saprissa quedó corto. Yo la pegué en el palo con mi análisis.”
Pero Gaetanito prefiere tragarse el orgullo antes que admitir que su fanatismo le nubló la vista. No felicita al campeón, no reconoce el mérito ajeno, no se baja del pedestal: se atrinchera. Y eso lo delata más que cualquier frase mal redactada.

Porque al final, la historia es bastante simple:
Herediano 2–0 Saprissa, la 32 bien ganada en la cancha.
Del otro lado, un moradillo que apostó todas sus fichas al Monstruo, perdió la partida y ahora escribe en silencio, esperando que el tiempo borre el archivo.
Lástima, Gaetano: los goles no solo se clavan en el arco; también se clavan en la hemeroteca. Y ese 2–0 va a seguir ahí recordando, cada vez que abras el editor, que el Herediano te desarmó el discurso igual que desarmó a Saprissa.