El machismo cómodo de Edgardo Araya y la izquierda que “se hace la tontita”
En Costa Rica la izquierda habla mucho de feminismo, lenguaje inclusivo y respeto a las mujeres en política. Pero cuando una mujer llega al poder real —no a una comisión, no a una ONG, sino a la Presidencia— de pronto muchos progresistas se “hacen los tontitos”. El caso de Edgardo Araya, diputado del Frente Amplio, diciendo en el plenario que Laura Fernández “se hace la tontita”, es el ejemplo perfecto: machismo envuelto en discurso progresista, y una izquierda que mira para otro lado.

Lo que Araya dijo, literal
En plena discusión sobre pensiones de lujo para expresidentes, Araya criticaba que el gobierno de Pueblo Soberano frenara un proyecto del Frente Amplio. Hasta ahí, política normal. Pero eligió esta frase para hablar de la presidenta:
“Pueblo de Costa Rica… doña Laura, usted dijo hoy en la conferencia, yo creo que se hace la tontita.”
No es una opinión técnica. Es un calificativo infantilizante:
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Reduce a la presidenta a “tontita”, una forma diminutiva que mezcla desprecio y burla.
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No cuestiona argumentos, cuestiona su inteligencia.
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No critica decisiones de gobierno, se burla de la capacidad de una mujer que ocupa la jefatura del Estado.
Eso, vengas del partido que vengas, es machismo político. El problema es que viene del partido que se vende como “la izquierda feminista”.
El machismo progresista: muy feminista en Twitter, muy viejo en el micrófono
El Frente Amplio se presenta como defensor de derechos humanos, feminismo, diversidad, lenguaje responsable. Sus figuras se pronuncian contra cualquier comentario machista… cuando viene de la derecha o del gobierno. Cuando viene de dentro, el estándar cambia.
La ecuación es sencilla:
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Si un líder conservador usa lenguaje sexista, se le condena con fuerza.
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Si el que llama “tontita” a la presidenta es un diputado de izquierda, la indignación se negocia.
Así, el feminismo queda reducido a herramienta de guerra partidaria. Sirve para golpear gobiernos anteriores, partidos tradicionales, periodistas incómodos. Pero se suspende cuando el agresor está “de nuestro lado”. Ahí, la izquierda costarricense se hace la tontita.
Las disculpas que no borran el mensaje
Después del comentario, la presidenta de la Asamblea Legislativa, Yara Jiménez, tuvo que regañar a Araya en el plenario, y el oficialismo paralizó la sesión. Él intentó suavizar:
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Que fue “un malentendido”.
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Que no era “tonta”, sino que “se hace la tontita”.
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Que su crítica era política, no personal, y que ofrecía disculpas si alguien se sintió ofendido.
La clásica fórmula:
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Agredes.
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Lo cubres con un “se hace”.
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Cuando te revientan, dices que no era para tanto.
Pero el mensaje ya salió. La palabra ya se instaló. Y la disculpa, sin una condena clara de su propio partido, se convierte en trámite, no en corrección real.

¿Dónde está la izquierda feminista cuando la presidenta es la atacada?
Aquí es donde la doble moral se ve clarísima. Si el comentario hubiera venido de un diputado de un partido tradicional, la reacción feminista habría sido inmediata y masiva. Se habrían escrito columnas, se habrían organizado pronunciamientos, se habrían hecho hilos indignados.
Cuando el comentario lo hace Edgardo Araya, el tono baja:
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Se habla de “calentura del momento”.
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Se insiste en que fue “crítica política”.
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Se evita usar la palabra que corresponde: machismo.
Resulta que el respeto a las mujeres aplica dependiendo del color de la bandera. Si la mujer es una presidenta que no piensa como la izquierda, aguanta “tontita” y lo que venga. Ahí, el discurso progresista se vuelve hipocresía.
Criticar a Laura Fernández sí, rebajarla no
Se puede criticar fuerte a Laura Fernández:
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Por su estilo confrontativo.
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Por sus decisiones de gobierno.
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Por sus alianzas y sus prioridades.
Eso es sano. Lo que no se puede normalizar es meter la crítica en la boca del machismo:
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“Tontita” no es análisis.
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“Tontita” no es fiscalización.
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“Tontita” es la vieja cultura de ridiculizar a una mujer en poder cuando no gusta su postura.
Y cuando eso viene del Frente Amplio, no es un detalle anecdótico: erosiona todo el cuento de que representan una política distinta, más ética y más igualitaria.
La izquierda que se “hace la tontita”
En este episodio, la izquierda no solo fue agresora, también fue cómplice por omisión:
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Diputados y figuras cercanas al Frente Amplio evitaron una condena clara.
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Se permitió que el tema quedara reducido a “tensión política” y no a agresión de género.
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Se priorizó la pelea contra el gobierno por pensiones sobre la defensa mínima del respeto a la presidencia como institución.
Es cómodo: se mantiene la narrativa de “somos los buenos”, mientras se practican los mismos vicios de siempre. Se habla de patriarcado, pero se tolera la burla a la presidenta. Se predica igualdad, pero se decide qué mujer merece protección y qué mujer merece burla.
Ahí es donde la izquierda se hace la tontita. Sabe exactamente lo que pasó, pero se finge despistada para no tocar al compañero de partido.
Lo que este caso deja claro
Este episodio deja varias verdades incómodas:
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El machismo no es patrimonio de la derecha; atraviesa todo el espectro político.
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El feminismo usado como bandera partidaria se convierte en herramienta selectiva, no en principio ético.
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Si la izquierda no puede condenar a los suyos cuando cruzan la línea, pierde autoridad para señalar a otros.
Y deja otra cosa aún más clara: el respeto en política no puede depender del color del gobierno. Si hoy es aceptable llamar “tontita” a una presidenta, mañana será aceptable hacerlo con cualquier mujer que llegue al poder y no repita el guion correcto.

Si no se marca el límite, el límite desaparece
Costa Rica le gusta vender al mundo la idea de una democracia seria, con instituciones robustas y debate maduro. Pero si en el plenario se puede ridiculizar a la jefa de Estado con diminutivos machistas, y un sector político que se autodefine como progresista no pone el freno, el mensaje al país es otro: lo que importa no es el respeto, sino de quién viene la agresión.
Si queremos algo distinto, hay que decirlo así:
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El comentario de Edgardo Araya fue machista, aunque venga del Frente Amplio.
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La izquierda que no lo condena con la misma fuerza con que habría condenado a la derecha se hace la tontita.
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Y el feminismo que se calla según conveniencia política deja de ser feminismo; se convierte en branding.
Mientras eso no cambie, episodios como este seguirán pasando. Y cada vez que pasen, será un recordatorio incómodo: la vieja política sigue viva debajo de la nueva retórica, y el machismo sigue encontrando refugio incluso donde se jura combatirlo.
Claudia Dobles y la oposición que se indigna a ratos
En este cuadro, falta una pieza que casi siempre aparece cuando hay drama político: la oposición “seria”, representada por figuras como Claudia Dobles. La misma que se presenta como voz responsable, que habla de institucionalidad, que se ofende por la retórica del gobierno… pero que no encuentra la misma energía para condenar con claridad el machismo cuando viene empaquetado en discurso progresista.
Dobles ha sido una de las figuras que ha salido a respaldar a la Sala Constitucional y a criticar al Ejecutivo cuando acusa a magistrados de golpismo. Se pronuncia con fuerza por la “defensa de la institucionalidad” y por la necesidad de respetar la independencia de poderes. En ese papel se siente cómoda: la exvicepresidenta moderada que entra a escena para recordarle al país que hay una clase política “seria” frente al estilo frontal del gobierno.
El problema es la consistencia. Porque cuando un diputado del Frente Amplio suelta un “se hace la tontita” contra la presidenta, ese mismo estándar de indignación institucional debería encenderse de inmediato. No se trata de defender a Laura Fernández como persona, se trata de defender la dignidad mínima del cargo que Dobles dice respetar tanto.
Ahí es donde se nota la fisura:
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Para criticar al gobierno, siempre hay micrófono.
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Para condenar el machismo explícito que sale del bloque “amigo”, la voz baja el volumen.
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La defensa de la institucionalidad se activa sólo cuando el agresor está del lado correcto del mapa político.
Una oposición que se vende como garante de respeto y democracia no puede hacerse la distraída cuando el ataque viene vestido de izquierda. Si Dobles y quienes orbitan ese espacio quieren sostener el relato de “moderación responsable”, les toca marcar línea también cuando el golpe viene de su propio campo simbólico. De lo contrario, su discurso se ve exactamente como lo que muchos ya sospechan: selectivo, táctico, útil para golpear al gobierno, pero no para ordenar su propia casa.
La institucionalidad no se defiende a medias. O se entiende que llamar “tontita” a la presidenta rebaja la calidad del debate tanto como cualquier arrebato del Ejecutivo, o se admite que el lenguaje y el respeto son negociables según quién hable. Mientras figuras como Dobles elijan indignarse en cuotas, la oposición que dice encarnar “lo serio” terminará pareciendo exactamente lo contrario: una oposición que se acomoda, que calcula, que se indigna cuando le conviene y que se calla cuando hacerlo sería incómodo para sus aliados.